miércoles, 22 de noviembre de 2017

ORQUESTA DE CÁMARA CON DUPLA DE TALENTOS

Después de la traumática salida del maestro Juan Pablo Izquierdo del titularato de la Orquesta de Cámara de Chile en el 2015, es menester reconocer el poco interés del suscrito en seguir el desarrollo de dicha orquesta, no totalizando más de tres oportunidades (si la memoria no juega una mala pasada…) que se la ha presenciado… De aquellas presentaciones, felizmente se ha podido constatar el mantenimiento del nivel acostumbrado, fundamentalmente ante la solidez de sus integrantes, más el rol fundamental que jugó el maestro Izquierdo en su consolidación grupal, encausándola al cultivo de nuevos repertorios, fortalecimiento de ensemble e imprimiéndole una personalidad artística de envergadura. Últimamente, en el Teatro Municipal de Ñuñoa, se la vio conducida por una joven y promisoria batuta continental, el uruguayo Diego Naser, recientemente designado titular de la Sinfónica del Sodre, equivalente a la Sinfónica Nacional de su país. Con un programa inteligentemente contrastado, abrió con la Serenata para Vientos, Cello y Contrabajo Opus 44 de A. Dvorak. Conformada por diez instrumentos de viento más un cello y contrabajo, fue todo un acierto incluirla, máxime en el caso de una agrupación como ésta, que no es habitual ofrezca obras con fuerte protagonismo de los vientos. De cálidas texturas y honda vena melódica, esta obra posee un discurso musical de notable linealidad, y consecuentemente de progresiva continuidad auditiva. De buen enfoque, el maestro Naser privilegió una debida claridad armónica y flexible organicidad sonora, logrando del ensemble una respuesta de primer orden y ajuste. Continuó con el magnífico Concierto para Piano de R. Schumann, obra romántica por antonomasia. De original factura, constituye un punto de inflexión en lo formal dentro del mismo romanticismo musical, amén de su irrefrenable vuelo poético, del cual, ya en la entrada inmediata del piano tras el primer acorde orquestal, plantea una afirmación de personalísima narrativa y de comprometedora expresividad para el solista. También es demandante su complemento orquestal, ante los fluctuantes y expuestos diálogos con el solista, y a la vez dentro de las mismas familias instrumentales. Asimismo, sus complejas indicaciones de dinámica, rubatos y carácter, precisan de una acabada preparación. De económjco, orgánico orquestal, perfectamente es funcional a una orquesta tipo clásico, permitiendo, en tal caso, interesante apreciación de texturas y transparencias. Como solista se contó con otro joven talento, el chileno Pablo Echaurren, debutante con la Orquesta de Cámara de Chile. De sólida formación, Echaurren demostró completo entendimiento del espíritu de la obra, brindando una versión progresivamente arrebatadora conforme el vuelo exigido. Excelente técnica al servicio de la música (certera digitación y uso del pedal), inteligente adopción de tempi -animados aunque no veloces-, hermosos fraseos y magníficas gradaciones de planos sonoros. El trabajo de Naser con la orquesta, de importante logro musical, fundiéndose con calibrado ajuste a la versión del excelente pianista nacional, no obstante cierto desacople en pasajes puntuales del endiablado último movimiento, que de ninguna manera afectó el importante resultado global. Finalmente, una magistral versión de la Sinfonía N° 25 de W.A. Mozart. Esta obra, sin duda revolucionaria en su contenido expresivo, no lo es tanto en lo formal. De hecho, es fiel a la canónica estructura del clasicismo musical, aunque innova por una rara conformación de su orgánico -como la inclusión de cuatro trompas- más la dominación de la tonalidad menor, otorgándole sombríos y arrebatadores tintes dramáticos. La versión del maestro Naser acertó plenamente en el genuino espíritu inserto, obteniendo magistral morbidez en la cuerda más notables inflexiones y contrastes en todas las familias instrumentales. El enfoque, de neurálgico carácter, se sirvió de una inteligente adopción de tempi -más bien lentos- que permitieron apreciar nítidamente la complejidad y trama interna de la obra, Sin duda, una versión de fuerte personalidad y fiel a la música misma. La respuesta de los camaristas chilenos, de primer orden. En suma, una notable presentación de la Orquesta de Cámara de Chile junto a dos talentosos valores emergentes: un pianista que merece seguir consolidándose con más presentaciones con orquesta, y un director que se alza como importante valor latinoamericano, de quien se espera sea huésped habitual en más orquestas de la plaza.

ECOS IMPRESIONISTAS…

Luego de un sólido concierto dirigido por el sueco Ola Rudner, la semana siguiente este mismo maestro abordó, con la misma Sinfónica Nacional de Chile, un desafiante programa Ravel-Debussy. Cabe señalar que la presente temporada de la Sinfónica ha respondido, en lo macro, a su línea editorial tradicional, contemplando algunos estrenos como obras de repertorio habitual, pero con una merma de música contemporánea y aún más escasez de obras especialmente comisionadas a compositores locales, al focalizarse más a un público consumidor de repertorio más tradicional. Esto, debido a la idea de incrementar audiencias disminuyendo espacios a lo nuevo o menos recurrido, decreciendo el interés de las propuestas programáticas… Así, en tal contexto, este programa impresionista -con importante afluencia de público- contempló obras de amplio gusto, aunque algunas un tanto repetidas… Abrió con la Suite Mi Madre la Oca (Ma Mère l' Oye), de Maurice Ravel, obra largamente ausente en las temporadas locales, y por cierto bienvenida… Originalmente escrita para piano a 4 manos, luego Ravel la orquestó y más adelante incorporó las 5 piezas de esta suite a la música del ballet homónimo. La versión del maestro Rudner tuvo completos aciertos de enfoque más una dócil respuesta de los sinfónicos, máxime al tratarse de una obra en extremo delicada e inscrita dentro del impresionismo musical francés, de por sí complejo en timbres y colores. Importantes logros grupales y solísticos, con diáfanas transparencias, contrastes y elocuencia discursiva. Siguió con el Concierto para Piano en Sol Mayor del mismo Ravel, de notables bondades composicionales. Con sorprendentes hallazgos, posee una inteligente concisión del material temático, cautivante enjundia melódica, interesante variedad estilística influenciada por el jazz más un acendrado espíritu romántico en clave impresionista, revistiéndolo de sólida factura. No obstante su valor intrínseco, debe concederse que ha gozado de amplia frecuencia local en comparación al otro gran concierto raveliano -el de la Mano Izquierda-, que urge ser programado… Tras una larga ausencia en la Sinfónica, fungió de solista el pianista chileno Javier Lanis, sorprendiendo nuevamente por su solvencia musical y depurada técnica, como años atrás en los conciertos Prokofiev N° 3 y Brahms N°1. Con delicado toucher, hilvanó un discurso interpretativo de completa coherencia y sentido de contexto, compendiando honda expresividad e inteligente espíritu analítico. Por su parte, Rudner y los sinfónicos tuvieron magnífico complemento y fundido diálogo junto al solista, con debido ajuste, calibrados balances y diáfanas transparencias. Finalmente, una notable versión de El Mar (La Mer) de Debussy, obra de alguna manera asidua en las programaciones de la Sinfónica. Impresionó el escrupuloso trabajo en timbres, colores y matices realizado por Rudner, entendiendo a cabalidad cómo debe abordarse la estética impresionista francesa, logrando el debido sonido esfumado -asociado más a lo insinuado que a lo obvio…-, traducido en la etérea atmósfera requerida (entre “flottant et suspendu”). Completos triunfos de conjunto e individuales de los sinfónicos, y en completa sumisión a la excelencia de cátedra brindada por el maestro Rudner. En suma, un concierto de gran factura, con una Sinfónica espléndida junto a un director y solista de indiscutibles solvencias. .

miércoles, 15 de noviembre de 2017

“BALANCE DE CONCURSO Y SABIDURÍA DEL PÚBLICO”

• Entre 7 y 13 de noviembre 2015 se desarrolló la versión 42 del Concurso de Ejecución Musical Dr. Luis Sigall, esta vez Mención Violín. Como el más antiguo certamen en su especialidad en Latino América, y afiliado por varias décadas a la Federación de Concursos de Ejecución Musical con sede en Ginebra, el Concurso Dr. Lui Sigall de Viña del Mar ha ganado un merecido prestigio internacional. Estructurado en 5 menciones (piano, violín, cello, guitarra y canto), ha contado entre sus ganadores a relevantes figuras del mundo artístico, y existiendo un creciente nivel promedio de participantes provenientes de todo el planeta. La presente versión correspondió al violín, y lamentablemente la difusión en la prensa fue exigua, al punto que ningún medio impreso de circulación nacional cubrió el desarrollo del mismo, a diferencia de antaño, que era debidamente cubierto por los diarios más importantes del país y transmitido en señal abierta de televisión a todo Chile. Adicionalmente, la envergadura de los premios se observa de menor alcance respecto a lo que en algún momento se logró, en cuanto a una mejor proyección de los galardonados en circuitos nacionales e internacionales. Un botón de muestra es el término de la alianza por casi 30 años con la Orquesta Sinfónica de Chile -la decana orquestal del país- para que el ganador tuviera actuaciones en Santiago y Frutillar, situación que requiere un replanteamiento en este ámbito. Y también discurrir asociaciones estratégicas con instituciones que faciliten actuaciones de los ganadores en plazas de relevancia internacional, en aras de mejorar el posicionamiento del concurso. Respecto al desarrollo del mismo, y como suele suceder, llegaron participantes de múltiples países, esta vez de Rusia, Polonia, Estados Unidos, Korea, Venezuela, Argentina y Chile. Dentro de las etapas en que se estuvo presente, fue posible estar desde la semifinal en adelante, pudiendo ver a los participantes de Rusia, México, Venezuela, Polonia, Estados Unidos y Chile. Y cabe señalar que era primera vez que un connacional llegaba a una semifinal en la mención violín, y adicionalmente, a la mismísima final… El nivel promedio fue de excelencia, llamando la atención el representante de Venezuela (Raúl Suárez) con una excelente interpretación de la Sonata de Ravel, asimismo la polaca Marta Wasilewicz con una importante versión de la Sonata de C. Franck. Lo mismo el ruso Stepan Lavrov, con magistrales versiones de la Sonata N° 1 para violín solo de Ysäye y la Sonata de Debussy, a la sazón el más serio candidato de ganar el concurso… . Y de importante cometido del chileno Bastián Loewe en la etapa semifinal, llamando la atención su inmenso caudal sonoro, que, con perfeccionamiento estilístico mediante, sus proyecciones artísticas se vislumbran excepcionales y valor emergente en el panorama violinístico internacional. La etapa final fue realizada, por segundo año, en el Salón Plenario del Congreso Nacional, en Valparaíso, debido a que aún no se dispone de la sede histórica del Concurso, el espléndido Teatro Municipal de Viña del Mar (de condiciones acústicas privilegiadas), debido a una incalificable demora de las refacciones del terremoto de 2010 (¡¡hace 5 años!!)… Los 3 finalistas en esta oportunidad fueron los rusos Igor Pikayzen y Stepan Lavrov (totalmente predecibles) y el chileno Bastián Loewe, sin duda de evidentes méritos para llegar a tan honrosa posición. Fueron acompañados por la Orquesta Filarmónica Regional (institución que últimamente sólo aparece para las finales del Sigall, y que urge darle un impulso de regularidad en su funcionamiento, a diferencia de otras orquestas regionales del país…), y dirigidos por Álvaro Gómez, Director Artístico del Concurso. En cuanto a los desempeños de los finalistas, es menester precisar que se trató de una importante jornada final y de gran competitividad internacional, validando el alto nivel de convocatoria del concurso. Y en lo particular, es ineludible consignar la no concordancia con el resultado del jurado, habiéndose otorgado el primer lugar a Igor Pikayzen, quien acusó problemas en el primer movimiento del Concierto de Brahms, en cuanto tuvo errática proyección sonora, apresuramientos que no permitieron en momentos ensamblarse debidamente con la orquesta; además, enfoques musicales arbitrarios en momentos claves, por mucho que los movimientos restantes de la obra los abordara de manera inobjetable e incluso con novedosos enfoques. Distinto fue el caso de su compatriota, Stepan Lavrov (segundo lugar), quien brindó una versión de antología del Concierto de Mendelssohn, con apabullante perfección técnica y alto vuelo musical (logros irrefutables en dinámicas, fraseos, prístina proyección sonora, entre muchos calificativos). Muchos años que no se escuchaba en Chile una versión de tanta relevancia del Mendelssohn, al punto que el “respetable público…” fue elocuente en manifestarse contrario a una decisión a todas luces errada de parte del jurado, Mención aparte constituye el chileno Bastián Loewe, quien, en justicia, obtuvo el tercer lugar. De 24 años y con perfeccionamiento en Europa (radicado en Basilea y antes en Berlín), es un talento que necesariamente se debe apoyar en su propio país, invitándolo como solista a las orquestas profesionales locales. De gran vuelo -nuevamente, impacta su proyección sonora, constituyendo seguramente el sonido más grande que se haya escuchado a un violinista en vivo-, Loewe enfrentó con aplomo inusitado el Concierto de Tchaikovsky, con certero idiomatismo, calidez de texturas, inteligente sentido de los acentos (certera intuición en dar relieve a los agitanados giros presentes en la obra) y de completa linealidad global de discurso (buen manejo de las transiciones temáticas y desarrollos). A pesar de encontrarse en formación, Bastian Loewe es una realidad artística de relevancia, debiéndose estar muy atento a su desarrollo. Por algo el “respetable…” le confirió -con absoluta empatía- el Premio del Público. .. En suma, una versión de gran nivel de la última mención violín del Concurso Dr. Luis Sigall, con falencias de promoción que urge remediar, y un resultado donde el público sabiamente justipreció las posiciones alcanzadas…

“BATUTAS CHILENAS DE ELOCUENCIA”

• Importantes presentaciones ofrecieron los directores Francisco Rettig y Maximiano Valdés, recientemente en Santiago. De una misma generación y coincidiendo con algunos de los más relevantes maestros del siglo XX durante sus etapas formativas, los directores Francisco Rettig y Maximiano Valdés son parte de las más destacadas batutas chilenas en los últimos cincuenta años. La importante contribución de ambos a su propio país, más sus destacadas carreras internacionales, dan fe de solvencias artísticas de relevancia. Francisco Rettig, actual titular de la Filarmónica de Medellín (Colombia) y de la Orquesta Clásica del Maule (Chile), ofreció un concierto con esta última agrupación el día 23 de octubre pasado en el GAM, constituyendo el debut de dicha orquesta en Santiago. La Orquesta Clásica del Maule, agrupación de poco más de 30 integrantes y con menos de 10 años de existencia, ha sido dirigida desde su inicio por Francisco Rettig, con un trabajo que cosecha crecientemente importantes frutos de consolidación. Interesante fue apreciar a esta destacada agrupación después de 6 años, cuando se presenció, con el mismo Rettig en la batuta, una excelente producción de Tosca, en una gira al Teatro Municipal de Viña del Mar. Y si bien en aquella oportunidad la orquesta estuvo muy reforzada por el numeroso orgánico instrumental requerido, ahora pudo verse a la planta estable, y en consecuencia con mayor objetividad de perfil. Abrió la presentación en Santiago con una ajustadísima versión de la Obertura de “La Cenerentola”, de G. Rossini, Como buena pieza rossiniana, ésta demanda pasajes de extrema exposición, requiriendo de fuerte concentración para lograr las cautivantes transparencias y dinámicas características. Rettig y sus músicos mostraron excelencia idiomática y de ejecución. Del chileno Javier Farías (1973), compositor de interesante trayectoria internacional, se contempló su Concierto para 2 Guitarras. Estrenada en el 2011, esta obra posee interesantes tratamientos tímbricos para los solistas y orquesta, esta última con un amplio contingente instrumental. Con un cautivante inicio (secuencia incoada por un duo de 2 contrabajos, seguido de 3 cellos, posteriormente 3 violas y ampliado luego a toda la cuerda), crea una suerte de misterioso contexto atmosférico para las posteriores intervenciones solísticas, de carácter en general introvertido, cuyos desarrollos transitan anímicamente por diversos estados, amén de una curiosa amalgama estilística. Como solistas se contó al destacado duo de los guitarristas chilenos Luis Orlandini y Romilio Orellana, quienes entregaron una comprometida versión de la obra. Y el trabajo de concertación de Rettig, de completo oficio. Como obra final, la exigente Sinfonía N° 1 “Clásica”, de S. Prokofiev. Esta sinfonía -tributo al clasicismo musical, como modelo de tradición (y, porqué no, de “evolución”…)- es una muestra de fuertes exigencias para toda orquesta, requiriendo prístinas transparencias en texturas y debida limpidez de colores, amén de una fuerte concentración frente a una exigente variedad rítmica y dinámica. La versión de Rettig, de completa maestría, enfatiza en una absoluta organicidad estructural, de claridad discursiva apabullante –con verdadero sentido del todo-, y a su vez un acabado análisis de detalles que hacen de su lectura una experiencia única. La respuesta de los maulinos fue de excepción, validando todo un trabajo de seriedad y profesionalismo, esperando prontamente asiduas visitas a Santiago y Regiones, asimismo, la necesidad de contar con el Maestro Rettig como invitado más frecuente en las orquestas capitalinas… Maximiano Valdés, de relevante trayectoria internacional, ha tenido durante el presente año una serie de presentaciones en Chile, comenzando en mayo pasado con una solvente lectura de la Quinta Sinfonía de G. Mahler junto a la Filarmónica de Santiago, posteriormente, en agosto, una recordada presentación con la Orquesta Sinfónica Nacional Juvenil en el CA 660 (dirigiendo una excelente versión de la Misa Romana, de Sylvia Soublette, más una versión de gran impacto de los Cuadros de una Exposición, de Mussorgsky/Ravel). Recientemente, Valdés regresó para dos programas junto a la Sinfónica de Chile, pudiendo presenciar sólo las segundas partes de cada uno, con la Sinfonía N° 3 de J. Brahms y la Sinfonía Fantástica de H. Berlioz. En el caso de la sinfonía brahmsiana, las expectativas eran altas, dadas sus complejas exigencias musicales y técnicas. Normalmente es el Talón de Aquiles para los directores y las orquestas, y en general las experiencias locales no han sido siempre auspiciosas cuando se la ha programado. Felizmente, la versión de Valdés hizo gala de autoridad y oficio, con un elocuente sentido del todo, amén de un respeto irrestricto a las indicaciones del compositor, dejando discurrir naturalmente toda la vena melódica inserta y en total apego a las marcaciones severamente establecidas por Brahms. Gran trabajo en dinámicas y matizaciones, amén de una adopción de tempi de notable equilibrio contrastante y en total servicio a una arrebatadora progresividad expresiva. La respuesta de los sinfónicos fue de completa adhesión a esta solvente versión, destacándose un excelente rendimiento de los bronces y especialmente la cuerda media y alta. Un triunfo artístico inapelable… Y la semana siguiente, con la Sinfónía Fantástica, era menester esperar un alto rendimiento, al presenciársele a Valdés sus dos presentaciones de 1991 y 2004 con la Filarmónica, ambas de gran recuerdo. Afortunadamente, esta obra ha gozado de buenas versiones localmente, no siendo la excepción en esta oportunidad. De gran afinidad con Berlioz, Valdés es escrupuloso en recalcar lo macro, servido a su vez por un acertado (y empático) criterio de disposición de acentos, dinámicas y transparencias en función del todo. Y la Sinfónica, atenta y motivada, brindó una respuesta de completa excelencia, constituyendo otro hito relevante a lo largo de la presente temporada. En suma, presentaciones de gran solidez por dos de las más notables batutas chilenas de las últimas décadas, demandándoseles cada vez mayor presencia local.

“UN CICLO DE PARCIALES LOGROS”

• Con resultados artísticamente variables, más una débil asistencia de público predominó en el ciclo “Luz, movimiento, voz y orquesta“, en el CA 660. Si bien el primer programa del ciclo “Luz, movimiento, voz y orquesta“ tuvo magníficos resultados artísticos, lamentablemente no hubo correspondencia de buena asistencia de público conforme la jerarquía de lo ofrecido, lo que se consignó en un comentario previo, instando a reforzar la promoción del mismo. El mismo resultado de público se dio en el segundo programa, aunque notoriamente mejorado en el último, evidenciando falencias comunicacionales globales y obligando a re-plantear programáticamente una mejor disposición de las obras menos conocidas con aquellas que generan mayor convocatoria. Habiendo presenciado el ciclo en su integridad, a la postre no resultó ser orgánicamente coherente, a pesar de haber contemplado obras en sí mismas muy necesarias de hacerse, y de ahí el interés de concurrir a todos los programas. Pero hubo otras que simplemente no revistieron interés, amén de una inadecuada disposición en relación al resto, confundiéndose el genuino sentido del contraste con incoherentes variedades. Conciertos misceláneos, inteligentemente dispuestos, son atractivos, siempre y cuando exista rigor estético inherente. A pesar del carisma infundido por el director español Josep Vicent, los resultados junto a la Sinfónica de Chile en las dos últimas jornadas evidenciaron sinuosidades, con erráticos enfoques musicales más desparejos desempeños de la decana sinfónica nacional. El segundo programa contempló el estreno de la Segunda Sinfonía del británico Michael Nyman (1944), compositor de asidua colaboración para el cine, asimismo con un amplio catálogo de obras en diversos formatos. De directa suscripción al minimalismo musical, esta obra es parte de una colección de piezas previas organizadas en formato de sinfonía. De excesiva duración y con un inentendible sentido del contraste, la obra no cobra mayor interés al no disponer de un material discursivo de atractivos desarrollos. Josep Vicent, comprometido difusor de las obras de Nyman, obtuvo ajuste de la decana, aunque costó apreciar debidas diferenciaciones de planos sonoros, y consecuentemente de monocorde resultado. Posteriormente se presenció el estreno de “Invocation”, para cello y orquesta, del también británico Gustav Holst (1874-1934). Esta obra, de no más de 12 minutos de duración, es de entrañable lirismo, directo encanto y colorística en su orquestación. Como efectivo solista, el francés Emmanuel Bleuse, de cálido y envolvente sonido, brindó profundidad interpretativa. Buen acompañamiento de Vicent junto a la decana. Sin embargo, resulta inconveniente desaprovechar la visita de un solista del hemisferio norte para una obra tan corta y de pocas complejidades técnicas. Mejor hubiera sido agregar otra pieza para cello y orquesta de corta duración, y no haber prodigado casi 30 minutos a la sinfonía de Nyman… . Con “Petroushka”, de Igor Stravinsky, culminó el segundo programa. En rigor, se ofreció la versión de 1948, que no recrea todo el ballet, pero sí la mayor parte. Usualmente en conciertos se hace la versión íntegra, que se enriquece justamente por la profundidad del final, de fantasmal carácter. La interpretación de Josep Vicent enfatizó más lo rítmico que lo colorístico. La respuesta de la orquesta se percibió globalmente desarmada, ante las confusas indicaciones de la batuta, aunque de excelentes logros solísticos (función del día 5 de septiembre). El último programa (función del día 12 de septiembre), fue de curiosas originalidades aunque de claras incoherencias. Por lo tanto, debiera ponderarse desde la óptica de un “variopinto espectáculo” por sobre debido rigor estético, en parte al darse un enfoque de separados contextos (se dispuso de dos intermedios), quizás para darle sentido a cada obra como un universo en sí mismo y sin mediar orgánica relación con las demás… . Ergo, una muy peculiar visión… . Interesante fue comenzar con el “Bolero” de M. Ravel, lo que no es habitual. Pero injustificado haber hecho una pausa de 15 minutos para dar paso a Rhapsody in Blue de G. Gershwin, y finalmente esperar otros 20 minutos para la última obra, el estreno del “Prometeo, Poema del Fuego”, de Alexander Scriabin. En el caso del Bolero, Vicent le imprimió un enfoque de calibradas y sugerentes sutilezas al comienzo -con delicados pianos y buen sentido del color-, pero al último tercio inadecuadamente privilegió tempi apurados que afectaron la claridad expositiva (transparencia) de las familias instrumentales. En Rhapsody in Blue, se contó con la participación del pianista español Ricardo Descalzo. De enfoque no del todo idiomático, Descalzo saca adelante la obra con académica objetividad por sobre el auténtico sentido jazzístico esperado, optando (y abusando) de tempi excesivamente lentos, y no obteniendo un sonido brillante y debidamente proyectado del instrumento, no obstante una coherente hilvanación de las ideas musicales. El complemento de Vicent no discurrió por mejor carril, acusando abrumadora pesadez sonora y carencia de estilo (innecesario haber dispuesto un excesivo contingente de músicos para una obra que en sí funciona mejor en orgánicos más reducidos), no ayudando al solista, y cubriéndolo reiteradamente al no brindarle debido balance. Aunque imposible encontrar relación con la obra de Gershwin, finalmente el esperado estreno del “Prometeo, Poema del Fuego”. Aquí pudo verse a Josep Vicent más cómodo (como en El Divino Poema scriabiniano, del primer programa), ofreciéndose una coherente versión. Quizás, a ratos, hubo una ansiosa e innecesaria rapidez de tempi que no ayudó a develar mayor profundidad de la compleja trama interna. Muy buena participación de Alexandros Jusakos como solista en piano (en reemplazo de Luis Alberto Latorre, y que no fue consignado en el programa de mano ni tampoco anunciado al público…). Igualmente, buena participación de la Camerata Vocal de la Universidad de Chile. La proyección de luces contemplada por Scriabin (originalmente para un clavier a lumieres, teclado de luces) fue más decorativa que inmanente, no existiendo plena coherencia con el discurso musical. Mejor no haber dispuesto de tales proyecciones, o bien haber optado por una “puesta en escena” de menores pretenciones, como tocar a media luz (como se hizo) con alguna discreta proyección lumínica, pero de mejor sentido atmosférico. Lamentable e innecesariamente, después de la profundidad del Prometeo…, Vicent decidió repetir la última sección del Bolero…. , quizás pensando en el espectáculo por sobre lo intrínsecamente artístico. Y ante la receptividad del público, se ofreció como segundo encore “Serenity” del noruego Ola Gjeilo, pieza para coro acompañado de un cello, de ascético carácter, ayudando a compensar el extemporáneo extracto bolerístico-raveliano anterior. En suma, un ciclo que necesariamente había que estar presente, por la originalidad de la mayor parte de las obras, no obstante haberse requerido mayor rigurosidad estética en su organicidad, y de resultados con parciales logros.

“GIANNI SCHICCHI” PARA TODOS

• Con fuerte demanda de público, la ópera Gianni Schicchi, de Giacomo Puccini, se presentó recientemente en el Teatro Municipal de Las Condes. Para el género de la ópera -la suma de todas las artes- los espacios alternativos a los coliseos-factoría tradicionales (con cuerpos artísticos y esceno-técnicos estables), inevitablemente están en función del interés social por consumir mayormente este escaso bien (de cultura), más la capacidad de los gestores culturales en ser eficaces para ofrecer un producto de acabada calidad. Actualmente se aprecia una creciente demanda de público por dicho género, asimismo existe una mejor dotación de artistas y soporte técnico para facilitar un buen desarrollo del rubro. Esto hoy se evidencia en la buena cantidad de cantantes, directores de escena, diseñadores y gestores culturales especializados, permitiendo ofrecer productos de calidad, y complementando la casi monopólica oferta de ópera, radicada tradicionalmente en el Teatro Municipal de Santiago. Con certera visión de acercamiento a un público transversal, Miryam Singer, destacada directora de escena, diseñadora teatral, vestuario e iluminación, y recordada ex cantante, llevó a cabo, por tercer año consecutivo en el Teatro Municipal de Las Condes, un nuevo título de ópera, esta vez con “Gianni Schicchi”, de G. Puccini. Sin duda, este título pucciniano constituyó una inteligente elección, por las bondades de un notable argumento más su perfecta correlación musical, amén de permitir una eficaz (y eficiente) puesta en escena, al no disponer necesariamente de complejos requerimientos escénicos ni tampoco gran masa coral (sólo 15 solistas), aunque sí una orquesta grande. En consecuencia, para adaptarse a las condiciones del Teatro Municipal de Las Condes -de interesantes dimensiones de escenario, pero limitado foso orquestal-, se recurrió a una excelente reducción hecha por Héctor Panizza (25 músicos), de total idiomatismo y clave para poder factibilizar debida adaptación a cualquier tipo de espacio. Si bien el argumento es muy preciso en cuanto a la época, más ciertos elementos propios a dicha realidad (la acción transcurre en Florencia, en 1299), sin embargo hay singularidades de perenne actualidad y propias de la condición humana, como la farsa, la codicia, la mentira, la burla y la autojustificación, elementos que permiten un enfoque de arriesgada atemporalidad, como fue en esta oportunidad. Situada en pleno siglo XXI, más una grotesca caricaturización de los personajes (más siniestros), la puesta avanza sin tropiezos y en perfecto arreglo al farsesco cuadro. Excelente ambientación escenográfica (eficiente ocupación del espacio, magnífica disposición de elementos corpóreos y cuidados detalles en decorados y proyección de imágenes multimedia, especialmente hacia el final, en el instante en que la parentela del finado arranca), como un empático diseño de vestuario para cada personaje. En lo musical (función del 28 de agosto) se contó con una magnifica dirección de Eduardo Browne, quien auscultó con elocuencia la trama interna de la obra, amén de un autorizado trabajo con el excelente ensemble de músicos convocados y voces. Del elenco, loas sin excepción, dándose total compactación de resultado, propio de una compañía con años de trabajo conjunto, lo que habla magníficamente del actual estado de las voces en Chile. En especial debe destacarse a Javier Weibel como Gianni Schicchi, de pareja línea de canto, y en total sintonía y naturalidad al complejo requerimiento del rol. Lo mismo Carla Paz Andrade, como Lauretta, de aterciopelada voz, estupendamente proyectada más una encantadora presencia. Pedro Espinoza, como Rinuccio, quien nuevamente confirmó su sólida formación y sus privilegiadas condiciones de tenor lírico en leve camino hacia lo spinto. Notable el desempeño de Angélica Cárdenas, como Zita, de excelente material vocal y deslumbrante actuación. Y de excelentes cometidos Cristián Reyes, como Simone, Sebastián Gutiérrez, como Gherardino, y Yeanethe Münzenmayer, como Nella. En suma, un nuevo triunfo de la ópera en espacios no tradicionales, permitiendo un creciente acercamiento del público al género, mediante una puesta en escena de inteligente adaptabilidad y con magistral logro artístico.

IMPORTANTE INAUGURACIÓN DE CICLO

• Con la destacada cantaora Ginesa Ortega, junto a la Orquesta Sinfónica de Chile, dirigida por el español Josep Vicent, se inauguró el ciclo “Luz, movimiento, voz y orquesta”, en el CA 660. De importante interés programático, con varios estrenos, el ciclo “Luz, movimiento, voz y orquesta”, organizado por la Fundación Corpartes en su magnífico teatro Centro de las Artes 660 (CA 660), ha congregado a la Orquesta Sinfónica de Chile, junto a diversos solistas internacionales y la dirección de Josep Vicent, ampliamente conocido en el medio nacional. Lamentablemente, para el primer programa, la concurrencia de público fue escasa (sábado 29 de agosto), situación que obliga imperiosamente fortalecer los esfuerzos de difusión para el resto de las presentaciones, al tratarse de un ciclo desarrollado en el teatro de mejor acústica de Santiago, y donde no es habitual que las orquestas locales mantengan continuidad de presentaciones allí, amén de las bondades programáticas inherentes. Este caleidoscópico ciclo, incluye un orgánico con tres originales y contrastados programas, consultando, el primero de ellos, la Suite de El Amor Brujo, de Manuel de Falla, y el estreno en Chile de la Sinfonía N° 3 “Divino Poema”, de Alexander Scriabin. Con la solvente presencia de Ginesa Ortega, famosa cantaora española, se ofreció una versión atípica de la Suite del Amor Brujo, por cuanto no es usual presenciarla con un enfoque genuinamente popular (casi siempre con mezzo o contralto solista, o simplemente sin solista vocal), como tampoco con la declamación de parte de los textos originales (primera versión, de 1915), complemento relevante aportado en esta oportunidad (en base al material de la versión de 1925). El resultado de Ginesa simplemente fue de excepción, magnetizando con inusual fuerza expresiva desde el instante que entró al escenario, generando idiomática síntesis músico-teatral. Impresionante la profundidad en su declamación, disposición gestual en todo momento y desgarrador canto (muy sólida en las agitanadas inflexiones). Y Josep Vicent, fundamental en su entrega, disponiendo ora neurálgica rítmica ora generosa eufonía, más certeros efectos colorísticos y total consubstanciación con la autorizada solista. La respuesta de la decana fue de completo ajuste y hermosura de sonido. Sin duda, un importante hito artístico, del cual el público premió con interminables aplausos. Alexander Scriabin, injustamente postergado por años en las temporadas musicales del país, llega con el estreno de su Tercera Sinfonía “El Divino Poema”, obra clave y punto de inflexión de la compleja estética que el compositor iría desarrollando. De explícita suscripción al pensamiento “teosófico”, imbuido también de la supremacía del hombre nietzscheriano, más una inevitable dosis esotérica, esta fusión de corrientes tiene magnifico correlato con el discurso musical desarrollado por el compositor, por la solidez de sus estructuras formales (acabado desarrollo de la forma sonata más un notable uso de los leiv motiv, como eficaces recursos para describir las fuerzas en pugna, de clara dialéctica…), y su extraordinaria construcción armónica y de orquestación. Con una Sinfónica debidamente reforzada ante los numerosos requerimientos (entre otros, con 8 trompas, 5 trompetas, 2 arpas), más la inmejorable colaboración de una acústica privilegiada, Josep Vicent firmó una versión de sumo respeto, acertado sentido del todo y fiel reflejo del pathos inserto. De completo idiomatismo, Vicent construye una interpretación que privilegia la transparencia en todas las familias instrumentales, facilitando la cabal fluidez en los desarrollos y transiciones temáticas, develando con nitidez la compleja arquitectura compositiva. Importantes logros en dinámicas, gradación de planos sonoros y progresiones expresivas. La calidad de respuesta de la Sinfónica fue de excepción y de total compromiso artístico. El público, con entera justicia, fue contundente en manifestar su completo beneplácito a este relevante estreno, por la importancia de la obra y su espléndida interpretación. En suma, una importante inauguración de un ciclo, el cual amerita la más alta concurrencia para las jornadas que siguen.